























cuaderno de la asignatura de pedadogía del dibujo



El documental de Agnès Varda tiene por marco la sociedad de consumo. En su viaje por la Francia –mayormente rural- de finales del siglo pasado, Varda se encuentra con espigadores y espigadoras que buscan entre la basura y recogen los restos que nuestra sociedad desecha, pero ya no estamos ante los míticos espigadores que pintó Millet, sino ante unos modernos recolectores que, desde el campo a la ciudad, recogen patatas, manzanas y otros alimentos, al igual que artistas que recolectan objetos encontrados por azar en las calles para crear o sólo por la belleza ética del gesto: recolectar simplemente.
Pero el documental de Varda va más allá del marco político y social que nos presenta y entra, de manera lúcida y profunda, en el tan arado terreno del lenguaje documental: un género que, en manos de Varda, queda intrínseca y orgánicamente construido en torno a la recolecta en sí. El azar se convierte en un factor de producción/construcción inalienable y en el elemento estético central. Más que de cine de observación directa o de cinéma-vérité, se trata aquí de un tipo de cine reflexivo renovado por las nuevas tecnologías de las que hace uso: una pequeña cámara de video digital que nos muestra desde dentro el proceso de renovación digital del cine y que se convierte en la herramienta privilegiada de la recolecta y de la espigadora que es ella misma. La cámara pues no le sirve simplemente como una herramienta invisible para recolectar imágenes, sino que se convierte en el punto de anclaje de una reflexión en torno a lo documental que no sólo establece una nueva relación con el cine sino también una nueva relación de la creadora consigo misma. Al alejarse de los pesados medios del cine institucional y optar por una cámara más pequeña y manejable, la cineasta consigue establecer una relación mucho más orgánica con cada una de las etapas de la creación. El todo necesita y hace posible además un acercamiento en el que el azar y la improvisación se convierten en el material que permite una escritura directa y personal. En efecto, el encuadre pasa del paisaje al detalle e impone una nueva relación con el propio cuerpo y con la propia identidad, ese cuerpo que envejece y que la directora recorre y estudia con su pequeña cámara.
En suma, Varda, estudiando la historia y la contemporaneidad de la recolecta, nos presenta a la vez un estudio sociológico y una lección sobre el cine y su esencia cambiante en el universo posmoderno del consumo y del individualismo.